La Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Xochimilco) en la Ciudad de México abrió en abril de 2009 la Maestría en Diseño y Producción Editorial. El Maestro Gerardo Kloss ha estado a cargo de este programa desde su primera fase. Es él quien está detrás de las nuevas generaciones de editores, y seguramente de uno que otro viejo editor también. Tuve la oportunidad de hacerle algunas preguntas que no pueden ser respondidas si no por quien tiene entendido la importancia de todos y cada uno de los elementos que componen el producir una publicación. Este es un extracto de la entrevista, la cual se encuentra completa en la página web de Contratiempo (www.contratiempo.net):
Gerardo, ¿cuál fue tu respuesta a quien te preguntó por primera vez si los libros iban a desaparecer?
Sé que esta pregunta data de una conversación que tuvimos tú y yo por chat hace años, y que la razón por la que me la haces es porque nunca pudimos recuperar aquella plática.
Me parece tremendamente sintomático, porque la respuesta se quedó en una página de la red social Hi-5 a la que ya nunca más logramos acceder. Ahora Hi-5 está prácticamente extinto y nos vemos en Facebook, que se está empezando a vaciar porque la gente que no prefiere Twitter prefiere Google+. Y queremos hablar de la desaparición del libro.
En el mundo del sentido común, nadie cree en los escenarios optimistas, porque son cuentos de hadas; nadie quiere saber de los escenarios tendenciales porque nos hacen sentir culpables; y los escenarios futuribles son demasiado realistas y tan complicados como una plática con el contador. Lo que más vende en el mundo del hombre de la calle es el escenario catastrófico.
Así que vamos por partes. Se acabará el libro, supongamos, pero ¿quid, quando, ubi, cur, quomodo, quis et quibus auxiliis? El libro en papel no se acabará mañana, porque hoy sigue bastante fuerte. La mayoría de los libros que se vendieron hoy en el mundo son de papel. Cabe pensar en una declinación gradual, a lo largo de varios años, pero no en una desaparición total. De hecho, desde el año 1900 para acá no ha desaparecido ninguna tecnología de información, aunque ya en 1896 el poeta Amado Nervo anunciaba, al salir de la primera función pública de cine que dieron los empleados de los hermanos Lumière en la Ciudad de México, que el cine terminaría para siempre con los libros.
Cada herramienta tiene su propio uso. Cuando viajo con los niños me encanta cargar el Vademécum Farmacéutico en mi organizador personal, y no lo haría ni loco si tuviera que cargar con las seis pulgadas de espesor de la versión impresa. Los alumnos de la segunda generación de la maestría ya casi no cargan libros y trafican todo en PDF, en contra de la educación que queremos darles en derechos de autor. Es más, hace años que no compro un periódico de papel. Pero hasta ahora no conozco a ningún mecánico que se meta debajo de un camión para hacerle un ajuste al motor y sostenga en la mano izquierda un Kindle con las instrucciones.
El libro en papel se acabará en las principales ciudades del mundo occidental, pero, para tener tablets en las bibliotecas de aula de las primarias rurales de la Sierra de Chiapas, primero habría que tener electricidad.
Me da mucho gusto saber que la India está produciendo tablets a 60 dólares para que su gente tenga acceso a esa tecnología. Pero me entero de que la India lo hace porque es un país pobre. Ojalá México pudiera hacer lo mismo. Si la India fuera realmente un país rico, los tablets no serían una herramienta estratégica de desarrollo nacional, sino un accesorio más de la vida moderna.
Si los tablets indios se pueden comercializar a 60 dólares, eso significa que en el futuro los pobres saldrán de la pobreza estudiando en medios digitales; mientras, los ricos seguirán dándose el lujo de aprender mediante experiencias vivenciales de interacción social, no mediadas por una máquina, sino mediadas por un ser humano que fue 30 años a la escuela. Y eso, en el futuro, será un verdadero lujo para unos cuantos.
El papel se acabará por géneros, porque la enciclopedia encuadernada en pasta dura ya tiene prácticamente quince años muerta, pero nada ni nadie parece marcarle un alto a la basura que depositan bajo mi puerta las farmacias y los supermercados. Yo personalmente agradecería que todo ese material, junto con las páginas amarillas y los anexos estadísticos del informe presidencial, desaparecieran para siempre en la nube digital. Lo que ahora tiene el agua tan agitada es que los e-readers están atreviéndose a asaltar el hasta ahora inexpugnable bastión del libro literario, y eso incomoda a quienes pensaron que el destino nunca los alcanzaría.
El libro en papel se acabará, pero nadie sabe exactamente quién va a reemplazarlo. Hoy un diario normal tiene que producir la misma edición, con la misma información, en once formatos diferentes, cada uno con sus propias sutilezas de organización, diseño y aspecto: iPad, iPhone, Windows Phone, Blackberry, Android, celular genérico, SMS genérico, e-mail genérico y para compartir en RSS, en Facebook y en Twitter. Hay una guerra civil de formatos para definir quién se sentará en el trono de Gutenberg. Ese es uno de los argumentos de Umberto Eco. El rey libro de papel está viejo, es cierto, pero los pretendientes al trono están jóvenes e inmaduros, son muchos, son muy agresivos y hasta ahora han sido muy efímeros.
Dicen que una de las primeras reglas de la comunicación es nunca empezar diciendo que alguien va a morir. Es muy fácil declararle la guerra a un país donde no conozco a nadie; es muy fácil prohibir que la gente tenga mascotas que a mí no me gustan. Es muy fácil proclamar la muerte del libro, sobre todo cuando lo hacen aquéllos que ni tienen, ni aman, ni por descuido llegan a leer uno.
Habría que preguntarles a los catastrofistas si se refieren a la muerte del libro, a la muerte de la literatura o a la muerte de los textos aburridos que a ellos les da flojera leer.
Por mi parte, entiendo que la literatura no se asocia con el comercio de papel, sino con el viejo arte de contar historias, así que los e-readers no son una amenaza contra ella. Probablemente son la primera respuesta coherente que logra darle el mercado a las objeciones de los lectores literarios frente a los inconvenientes de leer en pantalla.
De la misma manera, no entiendo al editor como un comerciante de papel, sino como una autoridad en la detección de las tendencias que mueven el universo de los textos, y como un curador, que convierte un texto crudo en todo un producto, con presencia, con opsis, con puesta en escena, puesta en página, puesta en evidencia y valor agregado: de pertinencia, de oportunidad, de corrección, de ilustración, de materiales adicionales, de antología, de apostillas, de ensayo crítico, de aparato didáctico.
En todo caso, lo que está en crisis es la cultura. Lo importante es si la gente lee, y qué lee, más que sobre qué soporte material lee. Si el escritor, el editor y el lector sobreviven a la crisis de la cultura, sobrevivirán al cambio tecnológico. No tengo dudas.
Como fundador de la Maestría en Diseño y Producción Editorial que fue recientemente abierta en la UAM-Xochimilco, ¿cuáles son las necesidades que previste? ¿Cubriría este programa la industria editorial mexicana?
La principal necesidad que nos propusimos cubrir fue la falta de programas formales para profesionalizar al personal de la industria editorial. La mayor parte de los editores se han formado en la línea de fuego, y también es ahí donde adquieren el oficio editorial los diseñadores, que generalmente han sido formados para hacer otros tipos de diseño.
Existen cursos y diplomados; las universidades, las editoriales y los organismos gremiales de los editores y de los correctores organizan distintas actividades para profesionalizar a su gente.
Hasta 2009 sólo había en México una licenciatura y una maestría en edición, y ambas habían sido cerradas por diferentes problemas. En 2009 abrimos nosotros y también la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, así que no estamos solos, pero la avalancha de demanda que hemos enfrentado nos demuestra que una o dos maestrías no bastan, y que el espacio para generar iniciativas de profesionalización es bastante amplio todavía.
Lo que queremos que haga diferente a nuestra maestría, su mayor virtud y su mayor defecto, es que queremos atacar prioritariamente el problema de la falta de diálogo entre los distintos agentes del proceso editorial, donde cada quien habla, piensa y actúa desde un ética y una estética diferentes, cada una con su propio centro.
Lo que quiero decir es que para la gente que centra su atención en la creación literaria, la creación literaria es el centro del universo; para la gente de la corrección, lo es el texto correcto; para la gente de la imagen, lo es la imagen; para la gente de la tipografía, lo es la tipografía; para la gente de la tecnología, lo es la tecnología; para la gente del dinero, lo es el dinero; para la gente de las ventas, lo son las ventas. Y así hasta el cansancio.
De ahí que pensemos en el editor como un personaje dedicado a negociar y formular todos esos acuerdos. Una de las primeras críticas es que querer ver todo y abarcar todo resulta muy superficial, “una embarradita” de cada cosa.
Esto también supone que, si queremos desarrollar un perfil que resuelva este tipo de problemas, no debemos hacer excepciones: ni para la gente del texto, ni para la de las imágenes, de las tecnologías o de los dineros, es opcional desarrollar la capacidad de pensar en texto, en imágenes, en tecnologías y en pesos.
Queremos un alumno que escriba y que entienda lo que lee; que diseñe y que entienda lo que mira; que administre dinero y entienda lo que hay a la venta; que trabaje con tecnologías y entienda lo que viene.
En dos años, la tecnología y el aprovechamiento de los soportes digitales ha cambiado ¿Se refleja esto en alguna parte de los planes de estudio en la Maestría?
Tengo dos respuestas encontradas. Por un lado nos obliga a mantenernos al día y por el otro no hay manera de asegurarse de que así sea. Lo que quiero decir es que no tiene sentido que una universidad pública haga pasar su plan y sus programas de estudio por el Consejo Académico cada vez que sale un nuevo software o un nuevo estándar. Me la pasaría día y noche metido en la oficina técnica del Consejo y ya no tendría tiempo para lo demás.
En ese nivel, los cambios nunca me han preocupado. Yo he trabajado desde 1987 con softwares como Ventura Publisher, PageMaker, Quark XPress y Adobe InDesign, y no percibo diferencias estructurales entre ellos. Pero al mismo tiempo los cambios han sido mucho más profundos que el puro cambio de tecnologías. Tan profundos, por ejemplo, que cuando se diseñó el programa de la Maestría incluimos el seminario de hipertextualidad en el módulo de tecnologías, porque la hipertextualidad parecía ser un problema tecnológico.
En 2011 es muy evidente que la hipertextualidad no es un problema de tecnologías, sino una forma distinta de textualidad; ahora la hipertextualidad la vemos en el módulo que corresponde a las textualidades.
Cada trimestre vamos “bordando a mano” las modificaciones en el programa operativo de la maestría, para mantenernos al corriente con los cambios.
El problema es conseguir profesores y definir contenidos, porque estamos en un momento muy confuso. Todo el mundo sabe que está pasando un tren y que hay que subirse a él, porque los que no se suban se quedarán varados, pero nadie sabe cuál es el estándar tecnológico en el que conviene apostar toda nuestra inversión ni cómo haremos para obtener dinero de regreso.
A grandes rasgos, ¿cuál es el proceso editorial del libro electrónico?
En este momento, y a menos que tengas muchos dólares para hacer una producción multimedia, con música, animación y mucha interactividad, el proceso sigue siendo básicamente el mismo que el de cualquier otro libro.
La única diferencia es que la edición y el diseño tienen que ajustarse para varios tipos de salida diferentes, según los distintos estándares que están actualmente compitiendo (y que supuestamente se unificarán alrededor de HTML 5…).
La mayoría de los libros vendidos en español en Estados Unidos son publicados en México, y recientemente una ejecutiva de Barnes&Noble decía que el lector latino estaba comprando más e-readers que los anglos. ¿Cómo crees que esto beneficia a las casas editoras en México y Latinoamérica?
El mercado hispánico en Estados Unidos es parte de la mala conciencia de todas las industrias culturales mexicanas; en primer lugar, porque no les gusta creer que existe. Le tenemos miedo a exportar a Estados Unidos, porque suponemos que “los gringos” son consumidores muy exigentes y nos parapetamos pensando que de todos modos desprecian “lo nuestro”; desde aquí cuesta trabajo ver hasta qué punto nos corresponde a nosotros llenar el espacio que han creado los paisanos allá. Y para alcanzar a ver ese espacio haría falta aceptar, negociar y pactar con el hecho de que hay mexicanos allá.
Esta forma de pensar está cambiando, es cierto; pero los mexicanos en el norte cambian estos esquemas más rápido que los mexicanos de casa. Pese a lo que diga la historia oficial, y pese a sus muchos aspectos negativos, el intercambio con Estados Unidos ha servido para modernizar algunos de los rostros más atávicos de la sociedad mexicana.
Más allá del prejuicio, probablemente la verdadera razón sea que, aunque estamos hablando de los mismos libros en el mismo idioma, no estamos hablando de los mismos mercados ni de los mismos modelos de negocio.
Vender en Estados Unidos implica una reconversión de muchos procesos, sobre todo comerciales, que de entrada ni siquiera en México están funcionando bien. Percibo un ambiente pesimista, del tipo “si ni siquiera en México lo estamos logrando, ¿qué necesidad hay de irse a meter a otro mercado todavía más complicado?”. La respuesta obvia sería: “así es, es arriesgado y se ve medio de flojera, pero el primero que rompa la piñata se va a quedar con muchísimos dulces”.
Tampoco quiero que tus lectores se lo tomen personal. Si la industria editorial mexicana deja escapar esta maravillosa oportunidad de entrar al mercado estadounidense con libros electrónicos en español, ello no será sino parte de una vieja tradición de dejar pasar grandes oportunidades de mercado.
Recuerda que los bibliotecarios de Estados Unidos tienen veinte años tocando puertas en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y apenas encuentran quien les conteste con la voz clara y firme que ellos esperan.
Pienso que si alguna editorial mexicana logra introducir en Estados Unidos e-books en español interesantes y oportunos, de buena calidad y a precios competitivos, tendrá un nicho de mercado gigantesco, creciente, de buen poder adquisitivo. Me encantaría ver que eso estuviera sucediendo. Pero no lo he visto.
Para leer más, visite www.contratiempo.net
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Gerardo Kloss Fernández del Castillo es mexicano, autor de Entre el diseño y la edición (2009) y El papel del editor, (2007) y coordinador de la Maestría en Diseño y Producción Editorial en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco, en la Ciudad de México.
Esmeralda Morales, mexicana, diseñadora editorial y miembro del consejo editorial de contratiempo.








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