Existe la creencia generalizada de las mafias solamente se estructuran alrededor de las drogas, el lavado de activo, el crimen organizado y muchas otras variantes violentas del bajo mundo.
Existen, sin embargo, mafias políticas, enquistadas en las estructuras del poder, que actúan con tanta saña como los delincuentes tradicionales, visibles y que generan rechazo colectivo de las sociedades.
Sin embargo, las mafias invisibles, que operan dentro del aparato político, judicial, militar, eclesial, gubernamental tienen capacidad de provocar tanto daño, o más, que los criminales que actúan ante el descuido de los ciudadanos responsables o de sus adversarios.
Estas mafias invisibles desmoralizan la sociedad, la colocan de rodilla, y en ocasiones lo hacen haciendo uso de los elementos morales y legales que existen para defender la sociedad. Son las mafias del poder, las que operan con impunidad, las que arguyen la existencia de leyes que favorecen sus propósitos mezquinos.
Claro que tienen espacio, fuerza y recursos para controlar el poder. Y actúan sin misericordia contra quien amenace su predominio. Y lo hacen en nombre de la legalidad, de la institucionalidad.
Las sociedades han sido testigos de crímenes provocados por esas mafias invisibles, que han resultado imposibles de descifrar, como los casos del presidente de los Estados John F. Kennedy y de su hermano Robert Kennedy. O más recientemente el extraño fallecimiento del Papa Juan Pablo I, 28 días después de ser instalado como sumo pontífice.
Otros casos afectan a personalidades como Martin Luther King, Malcoln X, Omar Torrijos, Jaime Roldós Aguilera, Chico Mendes, Orlando Martinez, Narciso González y muchos otros que han resultado víctimas de la acción criminal de mafias enquistadas en poderes fácticos.
Las acusaciones que pesan en estos momentos sobre el ex Juez de la Audiencia Nacional de España Baltasar Garzón, van en esta línea de descalificación y destrucción de alguien con verticalidad, que quiso hacer justicia y que dobló el pulso a muchos delincuentes.
Garzón fue acusado de autorizar escuchas ilegales de llamadas de teléfono. Y tuvo que renunciar de la Audiencia Nacional. Y fue perseguido inmisericordemente. Le quisieron hacer un expediente de cobro irregular de fondos en una universidad de los Estados Unidos y no lo lograron. De todos modos siguieron impugnándolo.
El Tribunal Penal Internacional lo contrató, reconociendo sus méritos, y se fue a trabajar a La Haya, dejando a su paso por los tribunales españoles una aureola que no es posible manchar. Su gran pecado fue querer sancionar los crímenes del franquismo, poniendo en ejecución una ley de memoria histórica que existe en España.
Las mafias siguen su tenaz persecución contra Baltsar Garzón, y es casi seguro que lo van a condenar más allá que la condena recibida de salir de los tribunales españoles. Ha recibido el apoyo de la comunidad internacional, de los jueces de todo el mundo, de organizaciones académicas y hasta de países, pero hay saña contra el magistrado Garzón. Es su cabeza la que quieren. Con su cabeza desmoralizan a todos los que han querido o quieran inspirarse en él para seguir tratando de hacer justicia en cualquier rincón del mundo.
A esas mafias terribles, desmoralizantes, es que nos referimos y que resultan “invisibles” a los ojos de la sociedad.








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