/ Noticias por fecha

Noticias detalle

Dentro del bosque 

Las lecciones de “Glorious”. Cuando el drama es tragedia (2)

Las lecciones de “Glorious”. Cuando el drama es tragedia (2)

Saber más Acerca del Autor

Noticias detalle

Ylonka Nacidit Perdomo

Investigadora

Sobre mí

Investigadora Senior de Género En  Clave Digital publicó la  columna titulada Mirada en Sepia.  Se ha especializado en el estudio de la  iconografía estatuaria del sujeto femenino  a través de la escultura sepulcral como recurso de suplementariedad.

El pasado viernes 10 de mayo asistimos a la segunda función de “Glorious” en la Sala Carlos Piantini  del Teatro Nacional en compañía de un grupo de amigas a la presentación de esta obra  de la autoría del inglés Peter Quilter, que  cuenta la verdadera historia de Florence Foster Jenkins, “la peor cantante del mundo”.

El  público  de esa noche era numeroso, de indiscutible calidad, conocedor de teatro. “Glorious”  subió a escena con un elenco de actores y actrices nacionales. Su figura estelar, en el papel  de Florence, es la actriz y cantante Cecilia García. Cecilia atrae por sí sola muchas simpatías; cada actuación de ella genera un inusitado interés; es seguida, admirada como una Diva. No hay duda de que muchos de los allí presentes fuimos detrás de Cecilia, porque reconocemos en ella a una artista única, irrepetible.

Cecilia estuvo acompañada de un elenco que integran Dante Cucurullo, Crystal Jiménez Vicens, Cuquín Victoria, Lillyanna Díaz y Dolly García. La dirección  general y artística  fue responsabilidad de Carlos Espinal.

Al salir del Teatro, pasadas las once  de la noche,  el grupo de amigas no  dejamos de conversar sobre la obra. Nos preguntábamos sobre la calidad de las actuaciones, sobe si cada actor se había apropiado de su rol, si la puesta en escena seguía fielmente el libreto original, si se había producido alguna adaptación, reescritura;  todo esto porque de pronto percibimos un espejo equidistante  entre la producción artística, la historia que se cuenta y la dirección.

De ahí,  que esta serie de reflexiones, denominada “Las lecciones de Glorious”, surge para dar respuestas a las preguntas que mis amigas  me “lanzaban” pretendiendo que enjuiciara  la obra como pretexto para confrontar sus opiniones con las mías o bien legitimar sus cuestionamientos sobre la puesta en escena y la dirección. No obstante,  como tuve una mirada testigo-cómplice sobre mí, que pretendía  que mi parecer lo expresara de manera desnuda, he optado  por hacer mi intromisión en el mundo de las tablas dándole respuestas por escrito para no caer en el “pecado” o “trampa” de la improvisación o el mero facilismo.

¿Es “Glorious” una tragedia? “Glorious” requiere de una mirada que no esté escondida, detrás, sólo de lo imaginario. Una mirada  en el teatro, es una mirada sin paréntesis, a veces, y otras veces que se entrecruza  con la trama. Persigue la mirada del espectador conocer qué mundo subyace en el melodrama; por qué se representa una historia que todos no conocemos, pero que vamos a conocer, porqué  hay roles que nos lucen inmóviles, personajes antagónicos, otros sin valores,  otros con flaqueza, otros livianos o estáticos, para culminar todos siendo víctimas de los hilos del destino o marionetas  del dramaturgo.

¿Qué es “Glorious”?  La “historia de la peor cantante del mundo”  nos hace percibir –a mi modo de ver-  que  la protagonista de la misma en un “rol activo” aglutina en su interior la exaltación de una aspiración humana, que aunque perenne como es la fama, es una de las neurosis que afecta  a la voluntad de todos  aquellos que se mueven  por la vida persiguiendo que sus  acciones sean realzadas.

Peter Quilter  hizo de la vida de Florence Foster Jenkins una tragedia, un drama, que creemos ser  sólo una comedia trivial y frívola. “Glorious”,  si la despojamos de esa clasificación genérica, y apuntamos a las piezas que no logramos compaginar desde el inicio de su puesta en escena, es una tragedia, al igual que toda tragedia griega, que concluye con la derrota o muerte de quien se empeña  -con pasión-  en construir  un éxito con el auxilio de los otros (Florence Foster Jenkins necesita de  Cosme McMoon, St Clair y Doroty hacer posible su sueño de triunfar, y salir de la anonimidad).

Si nos detenemos  un poco  en desdibujar  la intención de Quilter  al escribir “Glorious”, observaremos que él  nos muestra una clave sin recovecos, una clave no especulativa  para entender que el propósito de este drama es mostrar a las inteligencias (a un auditorio que esté atento) que hay que abandonarse al esfuerzo,  a la voluntad propia para huir del fracaso o resignarse a morir. Florence, en todo el desarrollo de la obra,  busca su autorrealización y tiene la oportunidad de hacerlo  gracias a la herencia que recibe de su padre, lo cual  le permite disponer de una fortuna para tener mayores privilegios en una sociedad como la de la ciudad de  New York, que es una maquina de talentos y oportunidad, en  los años cuarenta.

Si miramos desde el fondo de nuestras almas los entretelones de una  tragedia, observaremos que  puede dejarnos como enseñanza que,  la vida  (de un héroe o heroína)  carece de sentido si  carece de dignidad en su lucha por tener confianza en sí  mismo, aún cuando su interés resulte egoísta. Florence tiene un interés egoísta que no oculta, al cual no le hace reparos ni permite que otros le hagan reparos. Ese es el contexto personal que se enfatiza en esta obra, que el dramaturgo no silencia de una mujer que busca su trascendencia siendo “la peor cantante del mundo”.

Así, vemos que la tercera escena del Acto Segundo  titulada “Escenario del Carnegie Hall” nos muestra que todos deseamos tener una noche de gloria, que resulte inolvidable aún después de la muerte.

La biografía  sobre  Florence Foster Jenkins apunta que le  sorprende unos meses después  de actuar en el Carnegie Hall. Esa noche fue hecha para ella por el destino, un destino que no desafió, al cual no le dio apertura para hacerle preguntas; un destino que quizás no era cambiante, y que no tenía alteridad.

La muerte del personaje objeto principal de la historia,  nos hace  pensar que la vida de Florence es la de una heroína  -heroína de sí misma, de sí, y para los otros- que atraviesa su vida, sublimizando la caricatura que puedo hacer de ella misma. De ahí, que creo que todos –sin excepción, o con muy poca excepción-  construimos en torno a uno una caricatura propia, porque generalmente vivimos divorciados de la realidad que nos circunda.

Florence, entiendo, no fue débil ni innoble consigo misma ni los demás; fue  sí, sí, la protagonista única del fin de su debilidad: la fama; fama que acariciaba y creía realizable, y que consigue de manera satisfactoria para ella.

“Glorious”  ¿es un cuadro vívido, una comedia-trágica, una comedia-sátira  sobre el propósito que asume con valor Florence en una época en la cual el mundo vive la bestialidad de la guerra, y la “civilización” suplanta a la bondad por la barbarie, a las virtudes por lo siniestro, creando en la humanidad un estado demencial, catastrófico, colocándole grilletes a la conciencia, agrietando a la historia con armas, y dejándonos en un desamparo existencial?  Es por esto,   que  quizás Florence, “la peor cantante del mundo”,  hizo de su vida también una farsa,  para aturdirse ante un mundo carente de principios, viviendo y haciéndonos vivir con humor la apariencia simple, rozando los prejuicios de los cuerdos, como una díscola soprano desafinada.

Entonces la pregunta que sale a flote, otra vez, como una espinita que se clava, y late cuando se hunde, es saber si el director nuestro de “Glorious” (Carlos Espinal) asumió a “Glorious” como un drama donde la  tragedia de una Diva, Florence Foster Jenkins, necesita de un director que comprenda  que todos queremos una noche de gloria, incluso la Diva nuestra, Cecilia García.

Ver Comentarios

Comentarios