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Rafael alvarez y los heroes dominicanos

La vergüenza de un héroe

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Rafael Alvarez de los Santos

Filósofo y teólogo

Sobre mí

Politólogo, educador, comunicador, escritor. Imparte docencia en UNIBE

Mi admiración por los héroes comenzó desde el mismo momento que empecé a estudiar la historia y por ello crecí pensando en lo gratificante que debía ser el reconocimiento público de un héroe. De hecho crecí jugando a ser héroe mirando mis amiguitos con sus muñecos de plástico verde y sus armas.

Desde mi inocencia infantil entendía que todos deberían ser admirados y reconocidos pues se atrevieron a hacer por nosotros lo que nosotros mismos no estábamos en condiciones de asumir ya fuera por cobardía, falta de decisión o de recursos.

Ante la descomposición social de hoy en donde prima lo individual sobre el interés colectivo me preguntaba ¿Qué me diría un héroe de esos al ver languidecer los ideales por los que luchó? ¿Cómo debería vivir alguien que lo ha dado todo por la patria, inclusive su vida?

Mis preguntas pudieron encontrar respuestas, pero generó más duda mi encuentro con un héroe del 65. Era un martes de sol sin sombras. Lo vi acercarse con pasos lerdos como “quién pide permiso a un pie para mover el otro”. Unos pasos que parecían firmes, pero en el que un observador atento reconocería los efectos de los temblores de las piernas en el equilibrio del cuerpo.

De blancos cabellos, piel arrugada y edad definida. Una  boina al estilo del Che Guevara. En sus manos una funda negra y un machete  -“por si algún tíguere se pone de freco”-.

Sentado en sus remembranzas me narró su epopeya, haciendo un uso adecuado de caminos y travesías del cerebro. Contaba aquel episodio en que peleó con la apatía, en que un ¡coño, carajo! hizo salir los sentimientos de patria a flor de piel. Por un momento la expresión de su rostro pasó de la extrañeza a una perplejidad sorprendida, luego pareció que buscaba las palabras más adecuadas a las circunstancias, y se resignó al decir: -“Que duro es despertar una mañana y de repente descubrir que la gente nos ignora, que ya no somos necesarios y que la patria anda mango por hombro.”

La melancolía de la cara expresaba abiertamente la determinación de las palabras.

Vestía un traperío sin gusto ni criterio, deambula por las calles exhibiendo su pobreza. Me decía que su vida depende de una esperanza,  de una pensión, de unos míseros pesos que el estado se tarda en aprobar. Al final la impotencia le carcome el carácter y pasa a pronunciar su oráculo:

- “Yo pude haber hecho como hicieron otros, repartirse la patria, pero usted sabe por qué yo no tengo ná?” “Porque soy un hombre de vergüenza”-. Me dijo mientras se alejaba con los mismos pasos con que se acercó.

Puede generar frustración el no reconocer que el principal motivo de estos hombres y mujeres fue identificar que los intereses y las necesidades comunes deben primar sobre las preferencias particulares y beneficios individuales.

Parecería que ha sido esto, vergüenza, lo que les ha faltado a muchos políticos que por la patria no han hecho nada y hoy exhiben grandes fortunas. Cuando se pierde la vergüenza se es capaz de todo y para muestra tenemos muchos botones en el Estado.

Que el actuar de los actuales haga parecer como fracaso el esfuerzo de estos “aquellos” no significa que hayan perdido el tiempo, No. Su tiempo se recobra en cada mañana que se iza una bandera, en cada estrofa de un himno que recrea en la memoria que -“lo terrible es la indiferencia, lo preocupante es el olvido” -.

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