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Enmanuel Peña
Lector apasionado
Sobre mí
Director de la revista digital de literatura "DE", estudiante de literatura, asistente de corrector de tesis.
La locura es una concesión social. La tierna capacidad de algunos de dejarse mimar por la sociedad no depende de la ciencia, como se suele creer, sino que obedece al estándar social. Cada vez que por la calle pasa una persona con un garrote o un grupo enjaulado en un camión uno siente la necesidad de tocarse el talismán con que nos premia la JCE cuando sobrevivimos más de dieciocho años. Quién raya más en la locura el del garrote o el del talismán.
De noche las normas cambian a estratos elementales. Lo que por contexto se considera locura de día, de noche es obligación. En la noche salen las máscaras; el dandi, el tigueron, el jevito, el mendigo, las putas, los ladrones, las fresas, los metaleros, los rastas y solo dios sabe cuantos más que de día son personas de bien que trabajan en templos o bancos que, a la corta, son lo mismo.
Así ciertos arsenales humanos, desiertos de música y ron, operan como sectas donde sin el código correcto (vestuarios, gestos, jerga) no se puede entrar. Los hay que han intentado violentar esas normas; los hay en los cementerios, muertos por el portero o muertos por la horda.
Cuenta un barman lo normal que resulta pedir taxis como ambulancias por algún error en la dosis por lo oscuro de la acera de enfrente o del baño de damas. Pero –dice- hay que tener dinero para comprar tanto que te metas de más. Aunque eso no es sorpresa con cuentas de veinte mil pesos de bebida, que son facturas normales en los bares en que los mortales no entran.
Hay un loco, regularmente en la Lincoln, que mendiga entre las secretarias ensacadas, entre los estudiantes con hombreras militares y entre los bebientes. El loco pide para beberse una cerveza, y vuelve a pedir cuando se le acaba. Cuando reúne lo suficiente compra una brahma y se despeña hasta el triangulo que está en el Malecón con Lincoln, se acuesta en un banco y se la bebe viendo el mar entre el humo. Dice que no le molesta el ruido solo el humo. Hay que comprar temprano –dice-. Hay que comprar dos antes que cierren…
Tantos estratos, tantas formas de beber el mismo alcohol y de pintar las mismas aceras con el mismo chimi de las tres de la madrugada. Tanto en común y no conocerse, mucho menos aceptarse, entre un grupo y otro. Pero la noche es la misma y bajo su alquitrán cabemos todos en el manicomio infinito donde por fin vemos nuestros verdaderos rostros.


















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