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Dentro del bosque 

El recuerdo es un refugio

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Ylonka Nacidit Perdomo

Investigadora

Sobre mí

Investigadora Senior de Género En  Clave Digital publicó la  columna titulada Mirada en Sepia.  Se ha especializado en el estudio de la  iconografía estatuaria del sujeto femenino  a través de la escultura sepulcral como recurso de suplementariedad.

[Para llegar al recuerdo hace falta un refugio, una tormenta de inocencia, un cauce al río]. Hace años que el  presente es en mí una escritura lanzada al viento  para dibujar un mapa imprevisible de voces; no puedo afirmar  aún si es para intentar transgredir al silencio o reflexionar en un tiempo que pasa con sus señales, hablando un lenguaje que ronda sobre las ventanas con un sobreaviso de ternura.

De alguna manera, tal vez, quizás,   no somos más que una totalidad en el murmullo, vidas desplazadas con un orden fragmentario. De ahí, que ha sido necesario  crear un discurso de ficción subversiva, una mirada a los siglos donde existimos  como sujetos  solo sobre el vaivén de las olas, en la invención que despierta al extrañamiento, junto a las hojas secas y sus  escondrijos como representación cómplice de los otros para concertar una identidad,  ese yo que todos llevamos dentro.

[Para llegar al recuerdo hace falta un refugio, una tormenta de inocencia, un cauce al río]. Más tarde, a los días siguientes  de lanzar la escritura al viento,  vino el océano, la luz, la sorpresa del asombro, la metáfora del amor,   la noche, la mano diestra para hacer de la interminable eternidad un recipiente sin fatigas para el presente y el futuro, los  códigos inverosímiles de la nada cuya continuidad gravita –sin nostalgia- en el contrapunto mítico de lo conocido sin fugacidad o multifacéticas heredades.

¿Cómo darle equilibrio a este  vacío que siento en esta ciudad que,  a veces,  muere indefectible y tímida, sin  presentimientos y de cara a paradojas que traen  desaliento? –Con un epígrafe del recuerdo.

Olvido ahora si tengo una necesidad urgente de la palabra, si la deseo recuperar para mí  en la lenta metamorfosis de  la otredad y como asomo de la multiplicidad del silencio, no como un orden imaginario o imposición dogmática, sino como abstracción donde se nombran y cuestionan las jerarquías del pensamiento.

No sé cómo alcanzar a lo plural, a la llamada eterna “verdad”  en su movimiento inmóvil, pretérito,  de pausa y arribo,   o escaparme a la búsqueda de un nombre que me acompaña evocando a la tristeza como recuerdo o como esperanza reposada en la belleza,  en el inevitable azar que es un eco habitante –en contrapunto-  de una presencia visible.

Así,  buscando un elogio a la existencia, y a lo amado, cuando  la poesía es un ondulatorio mirar, reminiscencias en ausente silencio, cielo alto, azul y  olor a verde que ruborizan al sueño para recorrer los paisajes de la vida, encuentro  a la “Canción de la vida insólita” [1]   de Carmen Natalia para llegar al recuerdo a través de su “Oración Final”:

“Te bendigo, Vida, porque me  hiciste renacer/  de entre mis propias fútiles cenizas. / Porque me diste la verdad sin lacerarme./  Porque me hiciste comprender lo abstruso/  y aceptar el dolor sin rebeldía./ Porque me diste la alegría/  de las cosas pequeñas y de las grandes cosas./  Porque sembraste en mi apretado surco encima/  de la duda: la esperanza,/  y encima de la angustia: la sonrisa”.

Es la voz de Carmen Natalia; solo su voz de transferible libertad se asoma a la escritura con  reverencia para hablar de la esperanza como una oda alada desde el horizonte de inocencia.

Sólo su voz es un  cauce sin término, tormenta igual al aire,  percepción de sí delante de su rostro, palabras, gestos en una canción nueva y distinta, evocativa del paisaje que descubren sus manos, sus ojos y sus labios en la corporeidad de las cosas que denomina “indescifrablemente puras”.

Es así como a través de un singular impulso,   en la multitud que traen  los enigmas subjetivos,  que Carmen Natalia logra un ritual  de la temporalidad huidiza y deconstructivista del tiempo. Todo su canto es una afirmación esencialista del ser, un antes en el después, donde el futuro se siente a ritmo de una avanzada edad que es señal omnipresente de un círculo que danza en el rubor de la aridez de la arena.

Imaginativa  e intuitiva, Carmen Natalia (1917-1976), convoca con su “Canción de la vida insólita” a un nuevo nacimiento del alma, e irradia desde las estrellas –para nosotros- un mundo por encima del mundo que conocemos, sin distorsiones, pero literalmente sublime.

… entonces, es cuando el recuerdo en la vida se convierte en un refugio.

[1]  Carmen Natalia, Alma Adentro. Obra poética completa, 1939-1976. Universidad Católica Madre y Maestra. Santiago: Editora Amigo del Hogar, 1981: 137.

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