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"Robar lo justo"

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Leonardo Díaz

Filósofo y ensayista

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Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco. Profesor universitario. Miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Ha sido integrante de la Comisión de Alto Nivel para la difusión de la Filosofía de la UNESCO en la República Dominicana. Autor de Las tensiones de Thomas Kuhn y de diversos artículos publicados en revistas especializadas nacionales e internacionales.

El escritor Jorge Eduardo Benavides cuenta una historia relacionada con las últimas elecciones nacionales de la República del Perú, que confrontaron la candidatura de Keiko Fujimori, la hija del dictador condenado a veinticinco años de prisión por latrocinio y asesinato, Alberto Fujimori, con la candidatura de Ollanta Humala.

Durante la campaña electoral, Benavides quedó perplejo, porque un taxista de la capital le declaró su intención de votar por Keiko Fujimori. Keiko había jugado un papel activo en el gobierno autoritario y corrupto de la administración Fujimori, declarando además que, de ganar las elecciones, excarcelaría a su padre.

Benavides inquirió al taxista sobre si no le importaba elegir a una persona comprometida políticamente con un presidente condenado por latrocinio.  La respuesta del taxista fue antológica: ¨No, porque Fujimori solo robó lo justo¨.

¿Qué significado tiene esta expresión? La frase alude a la existencia de un límite moral que no debe ser traspasado, pero que al mismo tiempo, permite un acto considerado en principio como deshonesto, como aceptable hasta un determinado nivel En nuestro país estamos familiarizados con esta idea. ¿Cuántas veces no hemos escuchado la opinión popular que intenta justificar la superioridad moral de la dictadura trujillista sobre los gobiernos posteriores, enfatizando que en la era de Trujillo nadie se atrevía a robar, porque solo lo hacía él?

Estos planteamientos expresan una extraña concepción moral según la cual, los actos no se consideran inmorales por razones naturales o culturales-  ya que pueden ser honestos y deshonestos dentro de un mismo marco socio-cultural, dependiendo del ¨grado de la transgresión¨. Entonces, tendríamos personas que al robar dentro del  ¨límite de lo justo¨, entrarían en el rango de lo moralmente aceptable –lo que generaría el problema de qué vamos a considerar como moralmente tolerable y quien establece ese límite-.

En una sociedad donde prosperara semejante concepción, tendríamos que hacer una escala del robo y el asesinato con rangos que vayan de lo aceptable a lo inadmisible. Podríamos tomar en cuenta las cifras de malversación de fondos y de comisiones que escuchamos a diario para establecer la escala -por lo que, probablemente, el hurto de un millón de pesos dominicanos cabría dentro de lo ¨justo¨-. Podríamos ensanchar paulatinamente el límite de lo inadmisible para adecuarlo ¨al cambio de los tiempos¨.

Podríamos incluso adecuar la escala de tal modo que quienes en un momento determinado queden fuera de la escala, puedan volver a quedar dentro del rango de aceptabilidad, lo que otorgaría la ventaja de que los antiguos deshonestos se convertirían en honestos sin la necesidad de una transformación personal.

Al final, los debates entre los candidatos electorales y sus correligionarios no serían ¨aburridas¨ discusiones sobre propuestas económicas, educativas o de salud,  sino discusiones ¨más interesantes¨  en torno a quien roba ¨lo justo¨, quien ha cometido la desfachatez de transgredir los límites tolerables, o quien ha sido lo suficientemente honesto para ¨robar lo justo¨.

Serían  ¨apasionantes¨ debates entre individuos que se acusarían mutuamente de haber robado menos o de ser menos corruptos que sus rivales políticos. Un momento, ¿les parece una historia familiar?

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