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Córdoba, Argentina

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Manuel E. Del Monte Urraca

Arquitecto

Sobre mí

Sin necesidad de tener el título, me formé arquitecto en el vientre de mi madre. Además, de muy pequeño, fui aficionado a la conservación y restauración de todo lo que me caía en las manos. De ahí mi dedicación a rescatar y poner en valor el patrimonio histórico de mi país. Actualmente retirado, continúo preocupado por la situación de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

Ampliando mis conocimientos de la riqueza cultural de América y, por qué no, tratando de enriquecer mi acervo personal con lo que más me interesa, su patrimonio histórico, viajé, en compañía de Urania, mi esposa, a la ciudad de Córdoba, Argentina, distante unos 707 kilómetros de Buenos Aires, su impresionante capital. Desde hacía un buen tiempo que estaba por ello, pero mi fascinación por la porteña Reina del Plata, me detenía, cada vez que la visitaba, ensimismado en su ambiente cosmopolita, y su diversidad arquitectónica, donde es posible deleitarse con el Art Nouveau y el Art Deco, al igual que con el Racionalismo, imperantes desde los inicios del siglo pasado y, por supuesto, con su vasto eclecticismo, tan particular. Esto sucedía cada vez que me disparaba las no se cuantas millas de distancia que nos separan del Cono Sur, hasta que, finalmente, tomé la decisión de visitarla, y comprobar las versiones que tantas veces me habían llegado de ella.

Como es de saberse, Córdoba fue la sede de la Provincia Jesuítica del Paraguay, correspondiente al Virreinato del Rio de la Plata. En este vastísimo territorio rioplatense, Salta, Tucumán y Jujuy, además de Córdoba, fueron los principales lugares donde se inició la conquista y colonización de toda esta gigantesca región. Habiendo sido los aborígenes guaraníes los que aportaron, mayoritariamente, la mano de obra necesaria para emprender el desarrollo que tuvo en el Siglo XVII.

En Córdoba, situada en un extenso valle del centro de la nación argentina, los jesuitas emprendieron una obra evangelizadora incomparable, construyendo fabulosas iglesias, conventos, y villas enteras, que hoy, en gran medida, se conservan y se aprovechan, inteligentemente, como atracción turística. De esa manera se acogen a la modalidad del llamado turismo cultural, al igual que el religioso. Su centro histórico, del que se ha conservado una buena parte, y puesto en valor lo más importante, dotado de la majestuosa iglesia de la Compañía de Jesús, tres claustros, y todo lo relacionado con este tipo de institución, que fueron levantados desde el Paraguay hacia el sur.

Además de esta impresionante manzana jesuítica, declarada por la UNESCO patrimonio cultural de la humanidad, y su entorno inmediato, son dignos de visitar su Catedral, de estilo barroco, y otras iglesias, todas restauradas y puestas en valor, además de sus plazas y monumentos, dedicados a los principales personajes civiles y religiosos del período colonial, al igual que de la independencia argentina. Recorrer estos lugares llenos de vida, con una extraordinaria presencia juvenil, proveniente de su gloriosa universidad, primera de la Argentina, fundada en 1613, y cuarta en orden de precedencia, de cuantas fueron creadas en la América Total, invita, al igual que la visita a otros centros históricos del continente, a reflexionar, y cuestionarse, con preocupación, lo que está sucediendo en nuestro país.

Nuestra estadía en Córdoba nos permitió visitar una modesta ciudad, situada a pocos kilómetros de ésta, donde me habían advertido la posibilidad de acrecentar mis conocimientos de la actividad jesuítica en el Nuevo Mundo, tan importante en toda esta región. Otro motivo que me provocó realizar la visita fue el nombre de la villa: ALTA GRACIA, y mi inquietud por este nombre, teniendo en cuenta la similitud con el de la Madre Espiritual de nuestra patria. Con cierta anterioridad, ya había hecho algo similar, visitando Garrovillas de Alconetar, en la dehesa del mismo nombre, de la histórica Extremadura, España, donde se venera la imagen de Nuestra Señora de la Alta Gracia, de la que hube de referirme en otro momento.

Fue así, como, conociendo la Estancia Jesuítica de la Alta Gracia, adquirida posteriormente por el Virrey Santiago de Liniers, y convertida, posteriormente, en museo, así  como las casas donde vivieron el guerrillero argentino Ernesto (Che) Guevara, y el músico compositor español Manuel de Falla, entre otros, me permitió incrementar mi acervo monumental e histórico de América.

La Estancia debe su origen a la Merced de Tierras que se otorgó en 1588 a Juan Nieto, cofundador de la ciudad de Córdoba, quien da a la propiedad el nombre de Alta Gracia, en honor a la virgen de su pueblo natal en Extremadura. Que no es otro que Garrovillas de Alconetar, mencionada antes.

La Iglesia y la residencia, pertenecientes a los siglos XVI y XVII, se conforman alrededor de un patio claustral. La iglesia, ejemplo relevante del Barroco americano, ocupa el ala sur del patio, constituyendo una excepción dentro de las tipologías religiosas coloniales en Latinoamérica. La expulsión de los jesuitas en 1767, durante el período colonial, puso fin a cien años de labor fecunda y continua de estos fieles seguidores de Jesús.

Y así seguiré, mientras el cuerpo aguante, descubriendo lugares, que son visitados, solamente, por personas interesadas en estos temas. En ambos casos, tanto el de Extremadura, como el de Córdoba, fueron visitados por Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, quien, además de sacerdote, llegó a convertirse en un admirable investigador de la historia cultural eclesiástica dominicana, sin necesidad de llegar a entrometerse en asuntos que no le incumbían, en su calidad de religioso.

Espero, que algún día los dominicanos se dispongan a repetir acciones tan positivas y valiosas, similares a las que desarrollan otros pueblos de América y del Mundo, como medio de promover su cultura, y sus extraordinarios valores históricos, aprovechándolos para continuar desarrollando su turismo.

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