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Ylonka Nacidit Perdomo
Investigadora
Sobre mí
Investigadora Senior de Género En Clave Digital publicó la columna titulada Mirada en Sepia. Se ha especializado en el estudio de la iconografía estatuaria del sujeto femenino a través de la escultura sepulcral como recurso de suplementariedad.
A Cecilia García, La Eterna, nuestra María Callas en Master Class, por hacer del teatro un arte de la palabra, del gesto, de elocuencia poética y de percepción sublime de la belleza.
La situación “contractual” de las mujeres en el mundo de los hombres es premeditada, innegociable e inalterable por y para los otros.
Desplazarse por los signos del teatro, del teatro de la vida y del lenguaje teatral determina, en el acto de observar, poner la atención en las percepciones de los sentidos y en la transformación de la mirada como metáfora y unidad sintetizadora de lo que los ojos ven.
Ocurre que las mujeres vivimos dentro de una gran esfera de lo dual, con ritualidades que el azar asedia, para transfigurar a los objetos en alegóricas pulsaciones. El mundo visto como un eterno fluir abre la existencia a la abstracción, ya que abrimos en el día y en la noche una esfera inquisitoria del tiempo.
… Pero no le temo a la belleza, a la inaudible voluntad de renacer, de ir tras los recuerdos o la apariencia tenue de la soledad..
El teatro es un laberinto del animus anima donde se responde a un ejército inquisidor y se encarna a la naturaleza humana merced al destino. La escena dramática trae, entonces, en el ingenio la transmutación de los valores.
¿Cuándo el teatro se convierte es un testimonio irrecusable? Cuando dirige su argumento entre los límites de la inocencia de la culpabilidad y la afirmación suprasensible de la conciencia como instancia liberalizadora del ser. Esto así, porque desenmascarar a los sujetos de la ejemplaridad ideal requiere el artificio de aguijonear todos los círculos de la existencia, desencadenar el deber y de súbito la presuposición de los sentimientos a través del ailinos trágico.
¿Qué es la acción dramática por sí y en sí misma? No es otra cosa que una “alta logística artística, la esencia íntima de la figura central” (Werner Jaeger).
La acción dramática es la arquitectura de la escenificación: totalidad de equilibrio, los movimientos del alma mediante la consagración del dolor, la desventura o el reposo del misterio de la vida y de la muerte, y es allí donde está el estímulo para la posteridad del arte trágico, perpetuándose extraordinariamente de generación a generación, en el sentido de tradición y gran herencia.
Las dudas de la conciencia son las fuerzas necesarias para encarnar una representación dramática. Su efecto es inextinguible, es enigma de la sabiduría, la preeminencia de lo ético, de lo estético y las creencias milenarias en la voluntad humana, convertida en el centro de la existencia, puesto que siempre hemos buscado conquistar el sentido del destino y rivalizar con lo inmutable.
La actriz trágica, la actriz dramática, es una poeta-filósofa-escultora de ser-en el mundo, una autora de búsquedas oníricas manifiestas a través de la subjetividad y la idealidad del personaje que asume, ya que la vida de una mujer fatal/fatalista y fatalizada en su vida es un infortunio comparable sólo con el viento feroz que danza sobre una montaña.
Así, el compadecerse de la existencia de la Diva es lo maravilloso de la genial interpretación de Cecilia García, como María Callas, en la obra Master Class, ya que su creación tenía como huésped al cuerpo para su afectación en el sentido metafísico, y es aquí –en el drama- donde vemos la agitación de la vida en todas sus formas, el abismo del caos, la oposición del ser al vacío, las impresiones intuitivas, el hallazgo sofista de los valores, Dios-Destino, totalidad cósmica del principio y el final.
¿Cómo ver las leyes del cuerpo en el arte dramático? -A través del alma. Porque es, precisamente, de donde parte el claro concepto de Simónides de que “la areté consiste en tener estructurados rectamente y sin falta, las manos, los pies y el espíritu”, que para los fines nuestros en Master Class llamaremos la corporeidad táctil o visible.
A través de la corporeidad táctil en el teatro se expresa un conjunto de movimientos que en lo inmediato narran la naturaleza humana y la catarsis espiritual; es la representación efímera en sí, originaria, el gesto incoercible de la naturaleza ordinaria, los impulsos recogidos en la expresión y en las visualidades.
La gestualidad es lo que nos permite establecer un criterio valorativo de la obra sobre las aspas giratorias del reverso de lo consciente; es la fiscalización cautelosa del discurso de la “phyquis ético-anímica” del ser, donde se entrelazan el devenir con el mundo físico, donde los anhelos innatos se fragmentan mediante el simbolismo.
Gestualidad es personificación, los rasgos superlativos de una realidad psicológica expresada; es el nervio que afirma o niega las interrogantes del espectador, es el recurso dialéctico para unir los universos de la expresión visible con la individualidad del asombro.
Las visualidades del gesto recaen sobre el cuerpo en unidad con lo espiritual; es la aptitud encarnada con disquisiciones, con una clara función sinóptica en torno a las pasiones y el desvarío del azar. Entonces, esencialmente, el gesto es un móvil, el móvil de la representación cuando los ojos van hacia el afán de lo contemplado con el desprendimiento de la fuerza interpretativa de la actriz.
Así vamos viendo el moldeamiento de lo verdadero, la cimentación de la personalidad que intentamos conocer o desconocer, no ya como un espectro, sino desde su más alto yo, que necesita explicarse sin las envolturas de lo lógico ni los encomios de un espejismo trivial, en duelo con la atracción de los contrarios, o bien, sin la semejanza de los caracteres fuera del vuelo de la especulación.
Yo, una simple espectadora, le temo a lo temporal y a lo íntimo, al frío cálculo de la pasión, a la ostentación de la verdad, a las hazañas en tiempos de guerra, a la felicidad apenas como una palabra, a la conmoción nerviosa de la justicia, a despertar sentimientos contradictorios, a la fecundidad del odio, a involuntariamente agotar la fuente de la risa.
… Pero no le temo a la belleza, a la inaudible voluntad de renacer, de ir tras los recuerdos o la apariencia tenue de la soledad que se desliza sin enigmas, sin simples conjeturas.
Master Class me hizo comprender cómo cortejar todas las claves del amor y las reminiscencias de la voz paciente, pausada... que comunica ternura, romance o los márgenes de un idilio, aún cuando las mujeres continuamos llevando las de perder en esa situación contractual que nos construye el mundo de los hombres, de manera premeditada, innegociable e inalterable por y para los otros.

















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