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Diario de la Ciguapa 

El primer muerto de la campaña

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Sara Pérez

Periodista

Sobre mí

Periodista. Fue reportera de los diarios Ultima Hora, El Nacional y Hoy. Fue miembro del equipo de Investigación del diario Hoy. Escribió para la revista Rumbo. Actualmente reside Reading, Pensilvania, Estados Unidos.

Me costó  muchísimo esfuerzo  mirar  hasta el final los varios vídeos terribles, vergonzosos, desmoralizantes, del  incidente ocurrido el pasado domingo, en San Víctor, Moca y durante el que resultó muerto el ya casi olvidado señor Antonio Peña Ramos, un dirigente del  PRD, que es el primer muerto  de la rutilante, carísima, grosera y ultrajante campaña electoral que se realiza actualmente en República Dominicana.

Muerto con violencia flagrante y directa, porque los muertos de muertes sutiles, como los muertos por la miseria proporcional al alquiler de las pantallas electrónicas con recursos del Estado, o los proporcionales a los costos de sobornar artistas, periodistas y otras  “personalidades” ,o de repartir el país –y de paso repartir el país vecino también- entre los testaferros de un Presidente  son muertos invisibles y no se cuentan.

Se supone que no será el único muerto, ya que  estas fiestas de la democracia clientelista no son lo mismo sin sus tiroteos, pedreas y matanzas y sin la emoción de dos o tres docenas de descuartizados en los accidentes de tránsito, causados también por la misma cultura de insensibilidad, desorden y violencia, impuesta con el persistente y prestigioso ejemplo de los exitosos gobernantes y las respetables élites, a quienes a veces basta cierta frágil y precariamente montada impostura de corrección en la fachada y el atavío o un artificioso y forzado remache en la pronunciación de las eses y un poco de engolamiento en el discurso, para ser parte de la decencia oficial, que se agota en el barniz y no alcanza a respetar derechos, recursos y vidas de nadie, mientras se cultivan los privilegios y los recién nacidos patrimonios propios.

Los responsables directos de esos desmadres son los partidos políticos y sus dirigentes con su política clientelista y estilo de hacer propaganda de  forma abusiva, irresponsable, primitiva, que aumenta la agresividad, la violencia y la desorganización en las calles

Según una de las crónicas, aquella exhibición atroz de desenfreno y completa barbarie ocurrió en las proximidades de un cuartel policial –tal vez se inspiraron en esa institución para comportarse- y por lo que muestran las grabaciones había varios policías, supongo que a título de ujieres decorativos, presentes durante las confrontaciones entre adeptos del PLD y del PRD. Sabrá Dios si lo mejor que hicieron fue no hacer nada.

En ambos grupos enfrentados muchos participantes estaban bebiendo alcohol –repartido por los propios dirigentes, que también pagan las tarifas para la asistencia a estas actividades, especialmente, los que están en el gobierno y  cuentan con el presupuesto nacional para comprar adhesiones políticas – y estaban armados con pistolas y revólveres, aparte de las piedras, con las que hirieron personas y dañaron vehículos.

No mencioné el detalle de la policía para responsabilizar fundamentalmente a los policías-boca-abierta- inoperantes, que en el improbable –y poco beneficioso- caso de querer desempeñar con eficiencia sus funciones, de todas formas serían desbordados por la consagración del desorden y el brigandinismo pedestre que rige no solo la campaña electoral, sino la vida completa del país, convertida en un perpetua y sórdida pesadilla carnavalesca, con un pueblo reducido por sus gobernantes –ejercientes y aspirantes- a una patética, lastimosa y desenfrenada chusma incivil, animalizada, en una rebatiña por las prebendas y las botellas que ya reciben o eventualmente recibirán en la repartición de las migajas del botín.

Los responsables directos de esos desmadres son los partidos políticos y sus dirigentes con su política clientelista y estilo de hacer propaganda de  forma abusiva, irresponsable, primitiva, que aumenta la agresividad, la violencia y la desorganización en las calles y compromete la seguridad de sus partidarios, de sus adversarios y de los transeúntes a quienes además se les lesionan los derechos a la libertad de tránsito y de acceso y uso de los espacios públicos.

Los miembros y simpatizantes de ambos partidos coincidieron  en el lugar de la tragedia para unos “bandereos” proselitistas.  La propaganda y “animación” estaban destinadas a  los grupos que retornaban a las ciudades después del  asueto de la “Semana Santa” (que no se sabe dónde es más horroroso, si dentro o fuera de las iglesias) convertido, por méritos propios, en un matadero tremebundo  y a cuyo infernal revoltijo, los partidos le añaden más bulto, barullo, ruido, desorden y riesgo en tiempo de la insoportable campaña, tirando a la calle hordas  acosadoras, borrachas, armadas y agresivas, que obstaculizan el tránsito, se involucran en toda clase de pendencias y acaban sacando sus armas, muchas de ellas con licencias otorgadas con la mayor ligereza  e irresponsabilidad por el flamante “ministerio” de Interior y policía.

Podrán considerarse de cualquier forma, menos como aceptables ejercicios de democracia, estas campañas que  no son más que una chorrera repugnante de agresiones gansteriles,  comenzando por la dilapidación de los recursos públicos, en medio de una orgía enloquecida –y sangrienta- que parece una disputa entre buitres.

Con toda y su inactividad no deja de ser un agravante perturbador que desgracias como la acontecida el pasado domingo en Moca ocurran con la policía en el medio, justo esa policía, que lo único que sabe es masacrar y mutilar gentes y asociarse en mafias de rufianes y matones, pero que carece de todo entrenamiento, recursos, interés y autoridad para intervenir en conflictos civiles de orden público –lo que se supone que es su oficio y justifica su existencia- y evitar desenlaces como la muerte, absurda, del señor Peña Ramos.

Es de temer que su muerte  quede  impune, porque nunca han tenido importancia los muertos de las campañas y jamás se devaluó tanto la vida humana, como se ha devaluado en los gobiernos de Leonel Fernández, situación que no se reparará  espontanea,  ni fácilmente.

La peor, la que tendrá más largas, desdichadas y complicadas consecuencias, de todas las culpas imperdonables del  Presidente Fernández, no es el asfixiante vaho a robo, a narcotráfico y lavado con el que está cerrando estos períodos de gobierno, sino la incorporación de la muerte violenta como parte de una cotidianidad “normal”, que no amerita prolongados lamentos, ni mayores explicaciones.

La indiferencia ante los asesinatos de la policía confirma, afianza y expande la naturalidad con que se aceptan las demás muertes, incluyendo las de las campañas, las de la miseria, las de la desidia, las de la discriminación, las de la injusticia.

No lo escribo con ira. Ni siquiera con indignación.

Sino solo con una terrible congoja.

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