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Elizabeth Espinal
Publicista
Sobre mí
Se desempeñó como Directora Creativa en diversas agencias de Publicidad, hasta emigrar junto a su familia a los Estados Unidos. Actualmente se desempeña como escritora. Autora de una novela, la cual se está siendo publicada tanto en español como en inglés. Activa en la fe cristiana, publica testimonios que sirvan de edificación.
Acababan de entrar por la puerta, y de inmediato la niña empezó a correr de una mesa a otra. La enorme tienda ofrece un sinfín de opciones, las cuales se convierten en irresistibles tentaciones para quienes tienen una personalidad caprichosa e infantil tendencia a querer todo lo que ven. Mira este traje de baño, le dijo a la mamá.
Yo quiero uno. La madre se inclinó a revisar los diferentes modelos, mientras en su mente conjugaba las decisiones entre eso, el precio, la oportunidad y el motivo por el cual hacer la compra y complacer a su hija. Mira mami, dijo mi hija mostrándome uno de los floridos trajes de baño. ¿No es lindo? –Sí le dije. Pero no lo necesitas. Tienes muchos trajes de baño, señalé, lo cual bastó para que soltara la prenda.
Quiero ese, no mejor este! Continuaba la mozuela, abusando de la paciencia de la madre, quien para entonces ya le había razonado que si bien era cierto que se acercaba su cumpleaños, había que ser moderados, pues no hay dinero para botar. Con expresión de salirse con la suya dibujada en el rostro, la niña saltó de un stand a otro, tocando, pretendiendo y no escuchando. Cuando llegamos al área de los productos horneados, ambas infantes corrieron a ver los pasteles (bizcochos) que había en exhibición.
Mira este de flores, dijo mi hija, se parece al que mami compró para mi cumpleaños. Si, dijo la otra, asumiendo una actitud protagonista, pero esta vez es mi cumpleaños, así que seré yo quien elija. –Le escuché decir, a lo que entonces, propuse que pusiera sus ojos en uno hecho por entero de chocolate, pues se que es su favorito.
Mateo 5: 36Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede
Oh si! Dijo ella con entusiasmo. Y mira, tiene una corona en vez de flores, y dice “Feliz Cumpleaños Princesa”. Mami va a tener que comprarme ese! Sentenció ella sintiéndose con derecho a llevar sus caprichos a su máxima expresión.
Al cabo de media hora, cuando íbamos de regreso, la cascada de exigencias habían puesto a la madre al borde de su tolerancia, cuando entonces, sin remediar en las consecuencias, la niña decidió probar su suerte una vez más. Esta vez, para perder… Ahora hay que comprarme juguetes, decretó combinando una sonrisa con osadía. Ponte el cinturón de seguridad, decía yo a mi hija, el papá maniobraba el vehículo sacándolo del parqueo, manteniéndose ajeno al debate. No, Sasha, replicaba la madre, ya hablamos sobre esto y te dije que era una cosa o la otra. Tu no necesitas más juguetes. …pero es mi cumpleaños, y quiero regalos y juguetes!
No hay dinero para caprichos, entiéndelo! Además, tienes cosas que ni usas. No voy a comprar por comprar. Yo quiero el traje de baño, juguetes, pastel una fiesta, y lo quiero aquí y ahora! Le gritó entonces ya no con simpatía, sino tajantemente. No me hables así, demando la madre haciéndole ver que sobrepasó los límites del respeto, o devuelvo el traje de baño.
Tú me conoces! Thomas, dijo entonces al esposo, tratando de conseguir su apoyo en la situación. Estás escuchando el tono de tu hija? Corrígela! Pero este, se mantuvo indiferente, con la mirada en el tránsito de la esquina, procurando doblar.
¡No!, dijo entonces la chica, esta vez con el dedo índice en torno a su madre, el traje de baño no se devuelve, y también quiero juguetes! De inmediato en la voz de la mujer se escuchó la mención del nombre de su hija con exasperación. Ella ya había tenido bastante, y se lo hizo saber. La niña mantenía una retorcida sonrisa en el rostro, y deliberadamente ignoró a su mamá, procurando la atención de mi hija. Para cuando llegamos, mientras descargábamos nuestras pertenencias del baúl, escuché un escenario completamente diferente. Ahora quien lloraba era la niña. Con la actitud demandante abandonada, para asumir ahora la súplica y el ejercicio de la pena, con lágrimas trataba de salvar al traje de baño, el cual acababa de ser condenado a retornar a su stand en la tienda. ¡Lo siento! Decía esta vez entre sollozos, mientras de la boca de la madre salían como metralletas frases de reclamo, entre las que resaltó:
Tú sabes bien que cuando te digo algo lo cumplo, y aun así te atreviste a provocarme. Ahora esas son las consecuencias, para que te sirva de lección y no pretendas irrespetarme, delante de las demás personas, creyendo que te saldrás con la tuya. El berrinche armado por la chica reinó en la acústica del interior del carro, y entiendo que, en igual manera, el arrepentimiento dentro de si. Pero, estoy cien por ciento de acuerdo con la madre.
Nuestros hijos necesitan recibir lecciones que pongan en balance sus actitudes en torno al respeto y sus inagotables demandas. Si bien abundan los caprichosos, demandantes, jefes de los hogares en los que los padres carecen de visión y en donde el falso orgullo carcome la economía; Dios nos manda a ser medidos, a disciplinar y a dar un uso sabio a nuestros recursos. Conociendo a la mujer, hoy mismo devolvió la prenda. Y todo esto sirvió también para afianzar, tanto en su hija, como en la mía, que entre nosotros, esas acciones no son aprobadas. Ella tiene que aprender a escuchar, dijo mi hija. Qué bueno que lo entiendes, le contesté, porque tú te pones así a veces.
Mateo 5: 36Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.


















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