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Distinguida Señora de Carmen Imbert-Brugal y el canon del cuerpo

Distinguida Señora de Carmen Imbert-Brugal y el canon del cuerpo

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Ylonka Nacidit Perdomo

Investigadora

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Investigadora Senior de Género En  Clave Digital publicó la  columna titulada Mirada en Sepia.  Se ha especializado en el estudio de la  iconografía estatuaria del sujeto femenino  a través de la escultura sepulcral como recurso de suplementariedad.

"(...) la locura...ese estado es un premio; yo debía conformarme con la ansiedad como forma de vida durante mucho tiempo".   Distinguida Señora (1995:187).

I. "LA LOCURA DE LA PERMANENCIA, EL LARGO SUICIDIO DE LA COBARDÍA".

Cuando Carmen Imbert-Brugal escribió  su primera novela canónica Distinguida Señora construyó  un personaje femenino anodino, al cual describe y desnuda, y presenta en su cotidianidad, complicidades, ambiciones, así como en su desempeño social sin ningún tipo de escrúpulos. Este "arquetipo" de mujer, pude extrapolarse al presente, y hallaremos en "la muñeca" (de esta novela) muchas coincidencias con la vida de otras "distinguidas señoras". Observemos:

En el mundo de ahora la protagonista es una "distinguida Señora". Una mujer que obedece a los mandatos autoritarios: se involucra en asuntos políticos, tiene por oficio la delación procurando "evitar (se) problemas y de garantizar (se) una estabilidad económica utilizando cualquier medio" (17).

En el ahora ("distinguida Señora") está atrapada en un intento de huir de la enajenación, busca en los atisbos del pasado los sueños y la felicidad con rituales y matices de supervivencia, intrincada en los caminos de la transgresión, aun cuando Lucrecia, una de sus amigas incondicionales  le diga: "Tienes la felicidad en tu cuerpo, no la desperdicies" (15) o piense que todo lo lograría "por intuición y cama" (17),  por sus prácticas de alcoba reforzadas con las coordenadas del placer, donde la cama se erige en el canon de la palabra/cuerpo dimensionado por la cultura falocéntrica como expresión de la libido.

Imbert-Brugal re-escribe,  a través de Distinguida Señora, el canon del cuerpo, no sólo como objeto, sino también como significante de un discurso articulado a la censura, a la fiscalización del goce y a las diferencias esenciales en las oposiciones sexuales entre hombre y mujer.

Conecta de algún modo su percepción sobre la represión de lo femenino con la recuperación histórica de la mujer como sujeto, para exponer el cuerpo femenino como una cárcel de territorio ambivalente predispuesto a la cotidianidad doméstica.

A estas coordenadas semánticas, en el discurso de la narradora-testigo, preceden dos definiciones de la protagonista que dan el marco para comprender las oscuras zonas de la linealidad del argumento, cuando enuncia que: "Compartir la cama e(s) respetar el espacio de cada uno" (160) y que  "El instinto se socializa, es cultural la represión, mis controles siempre fueron difusos..." (163) y concluir que "lo mejor es vivir como a una  le dé la gana, no inventarse necesidades, ni siquiera las del cariño" (191).

Distinguida Señora no es solo una novela de lenguaje erotizado, donde la mirada de una enunciadora personal es el centro del asombro, el andamiaje para el discurrir de la estrategia textual buscando en los huecos de la escritura el puente para des-compaginar los códigos del sometimiento, la morbidez de la irrealidad, la liberación del afuera con un utópico lirismo.

Tal parece que sea este el deseo que revela la protagonista cuando confiesa: "En el espejo ubico parte de la infelicidad. Esa imagen que refleja permite la evaluación de una vida, mirando esos ojos descubrimos la persona que somos y soportamos, pero no vemos. Las otras personas nos miran, conocen nuestros gestos, detectan nuestros cambios cotidianos, ignorando una lo que ven. A menudo, cuando nos sorprende esa visión, lamentamos no haber estado pendientes de la transformación aunque la misma no tenga remedio. Ahí, en ese cambio, están las huellas de la propia vida" (198) "...ahí está la soledad" (198).

El espejo representa entonces en la narrativa imbertiana, el reflejo o eco de la imagen que se asume como identidad, ya que es el espejo el instrumento de objetivación donde el enunciante presiente el porvenir, el presente y el recuerdo del pasado como inscripción inconexa, pero refractaria en pantomima y, como spectrum rutilante donde se afirma la otredad de la imagen en proyección receptiva.

Carmen Imbert-Brugal en esta novela, a través del enunciado esencialista, crea un texto que se abre a la continuidad, que asume la polisemia, el problema de lo genérico, no como un predicado accidental sino como una estructura de la escritura donde lo implícito se fragmenta en gestos, posturas nihilistas que incluye formas de pastiche y parodia.

Bien podríamos pensar que es esta novela, una biografía gramaticalmente invertida, donde la intromisión poética de Imbert-Brugal por medio de los soliloquios refleja las contradicciones de posturas y sentimientos de la autora frente a la realidad y el lenguaje.

En Distinguida Señora la narradora seduce con su proceso narrativo, ya que des-arregla el orden estático "de la inocencia peligrosa" (164), desacralizando el contexto de la realidad con un corpus de irreverencia abyecto a lo bello para "atravesar barreras, jugar a lo desconocido (y) desmontar la rutina de los afectos" (82) "juga (ndo) con la eternidad y con la locura de la soledad, brincando el miedo para que alguien nos acepte sin haber visto nunca fotografías de la infancia..." (82).

II.  EL ESPACIO INTERMEDIO: CEREMONIAS DE ENCUENTROS

"(...) asumir mi vida era lo único sano que podía hacer. Lo hice con desgano, fue un sustituto del suicidio que no tuve valor de realizar y porque nunca perdía la esperanza de encontrarme con los amores mágicos que me dejaron en una esquina de la vida y siempre, dicen los sueños, regresan a buscar lo que no dejaron perdido".

Distinguida Señora (36).

El sentimiento del amor aparece en la novela referido al personaje femenino principal, como una breve cárcel capaz de convocarlo todo y, la libre opción como "el caldo empalagoso del amor y la novedad" (51), a pesar de las "reglas que impiden relaciones alternativas entre personas destinadas a quererse de un modo establecido" (168).

El espacio intermedio entre el ahora y el antes de "la muñeca" como territorio confinante de esa unidad binaria, surge en la fisura oblicua de participación del secreto.

La escritura de la narradora convoca a un rito del habla: corteja la instrumentalización del cuerpo como un vértice engendrador de los sesgos ajenos.

La protagonista encuentra su cuerpo en otro cuerpo, amando otro itinerario de claves y orden en contraluz con la estación que marca su salida al desconcierto de una piel exquisita con las bondades del extrañamiento.

Para encontrar las posibilidades de revelar la afirmación de tal disyuntiva en el amor, Imbert-Brugal hace uso del soliloquio como yo monológico que, expone el mundo de la protagonista desde otro lado y con una cadena de satisfacción embriagante: "Mis manos tienen una relación alternativa. No comparten el mismo techo pero se ayudan de manera constante cuidando sus propios espacios (...) Viajan, llegan y después descansan quietas, un tanto indecorosas a pesar de la discreción que las calla" (201).

Las manos son una manera de despertar de sí, que es despertar al texto propio, verse deliberadamente irreverente, irreconciliable con los espacios de la posesión, en los rituales del deseo cuando "Desnuda, n quier(e) ni (tiene) razones ni miedo" y busca "humedad y risa (...) destreza, ternura y a veces prisa, porque tiemblo pensando que se me escapa un solo rincón que quiera mi mano, mi aliento, mi lengua. Que quiera yo o quieras tú. He ahí el vínculo prodigioso de la pasión." (26).

Carmen Imbert-Brugal inaugura con este texto en la novelística feminista dominicana contemporánea el canon del cuerpo, las sucesivas búsquedas  de una identidad re-simbolizada sobre el deseo amoroso inesperado y las manos que iconizan la identidad de la pasión errante.

Para concluir vamos a compartir con el lector este  diálogo de la novela Distinguida Señora:

Lucrecia le pronóstico a Ladina Martínez  larga vida, intranquilidad perpetua y la imposibilidad de vivir en su país, específicamente en la zona donde había nacido. Sí le dijo que la iban a respetar.

-Tus culpas no se mencionarán. Debes destinar tu fortuna a una fundación o cosa parecida, tienes que multiplicar los favores para garantizar un silencio necesario.

Lucrecia le  pidió que no maltratara tanto a sus sirvientes:

- Cuando regresan al país lo cuentan y te reprueban el exceso de caprichos.

Ese mismo día predijo que, no muy tarde, me vestirán de reina, pero viviría entre intrigas, desamor y muerte. En el instante me conmoví, olvidé  la predicción para evocarla cuando la sirena de una ambulancia me anunciaba que algo terminaba... (Distinguida Señora, 1995:20).

Nota: Era Lucrecia, al decir de la autora  "una mujer terrible y rencorosa, (que) cuando llegaba el momento de la venganza actuaba sin límites").

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